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La maestría de El Juli y el duende de Morante revientan la plaza de Cuenca

Cuando en cualquier actividad de la vida se es diferente se corre el riesgo de no gustar a todos, pero cuando se hacen las cosas desde el sentimiento y con la belleza que transmite José Antonio Morante, todo el mundo se pone de acuerdo.

Los olés suenan distintos cuando sale de un quite en el que el mayor mérito fue no irse de un toro que le apretaba. Los lances cadenciosos con la derecha y los desmayados que cierran la serie se ven diferentes aunque el toro casi ni pase y se mueva poco. El acercarse al pitón de un toro y acariciarlo antes de matarlo recibiendo, parecen distintos aunque el animal no tenga cara.

La sensación de haber visto algo que no vas a repetir igual nunca y que te ha transmitido disfrute no se puede escribir, si quieren sentirla vayan a verle y... a veces, pasa. Quisiera saber dónde estaban los que protestaban en la vuelta al ruedo de Morante el sábado en lugar de apoyar la alternativa de un torero conquense, o el domingo mientras las clamorosas vueltas al ruedo de los tres matadores. Un poquito de por favor... Al torero de la Puebla, las salidas a hombros y los trofeos no le importan, sentirse torero sí.

Quien sí quiere disfrutar con los trofeos es el número uno del momento y de muchos años. Decidió indultar un toro y lo hizo, después de haber toreado muy bien a su primero. Inició la faena al primero genuflexo, enseñándole a embestir,  a un animal sin ninguna fijeza y al que no se podía obligar porque se iba al suelo. Lo ligó en tandas sin dejarse tocar y un cambio de manos por la espalda y un pase de pecho aliviándole, dejaron paso a dos series de naturales reposados, mejor siempre hacia los adentros.

Estábamos tan juntitos los espectadores que casi no se podía aplaudir y en realidad era el primero de la tarde tras negarse el presidente a devolver el que despenó Morante, con lo que el público estaba mas bien frío pero unos ayudados por alto sin enmendarse y una serie con el estoquillador cogido al revés, pasándose muy cerca al toro consiguieron la atención del respetable. A la segunda colocó una estocada donde matan las figuras y le cortó una oreja que el día anterior habrían sido tres.

Pero lo grande llegó en el sexto. Con la plaza aún con la emoción de lo visto, decidió Julián demostrar que es el que manda en esto, no porque lo necesite sino porgue se lo pide el cuerpo. Había que ver lo feliz que estaba al matar este toro, qué placer ver a un torero sonreír en una plaza. Y había demostrado en un lance a pies juntos con las manos casi en los tobillos en su primero, lo bien que usa el capote pero por si las dudas recetó a "Aguamiel" unas lopesinas tomando el capote por la vuelta, realizando algo parecido a media revolera antes de embrocar al toro por la cara del capote enrollándoselo a las piernas casi en una chicuelina, en la misma boca de riego y con los arreones de un toro mansito que decidió cambiar.

Salió a cortarle las orejas, muy quieto en los adentros, y sacó el toro a los medios para que se mantuviera en pie y se le olvidasen las querencias. Lo trató con mimo pasándolo suave sin dejarse tocar, y la torería de El Juli puso lo que no tenía el toro. Tres arrancadas dejándose llegar al toro, y un cambio de mano de cártel dieron paso a unos naturales largos y bien rematados con el de pecho. Cuando volvió con el derecho el toro parecía otro. Templó y alargó los muletazos disfrutándolos y unos redondos completos, lentísimos pusieron en la plaza el run run de que no quería matarlo.

La verdad es que fueron muchísimas series y el animal no dejaba de pasar y consiguió que la plaza pidiese un indulto que el ganadero sabrá si le ayuda o no. Lo cerró porque se rajaba y al perfilarse para matar, comenzó a andar con tranquilidad hacia atrás dejando crecer la petición y volviendo a torear con gusto de nuevo en los medios. El toro pedía la muerte y quería irse a la barrera, pero el madrileño no le dejó que hiciera nada feo y, una vez conseguido de la autoridad competente el pañuelo naranja, lo acompañó hasta los toriles en los que tranquilamente entró. Triunfo clamoroso de quien es ya Historia del Toreo.

Manzanares estuvo bien en su primero al que lanceó con verónicas con el compás muy abierto y toreó en los medios con un muy buen toro para el lucimiento en la muleta, con el que estuvo elegante y en el que no necesitó ni despeinarse. Diría que anduvo algo despegado. Pinchó contraquerencia dos veces para, cuando lo cambio de suerte a la que como mansito le correspondía, recetarle un estoconazo que lo hizo rodar sin puntilla. Por alguna extraña razón no se le pidieron los trofeos aunque la ovación fue fuerte. Pensar que fue por la espada es demasiado optimista.

En el séptimo demostró su clase y estilo con otro soso que había que aliviar, lo pinchó dos veces, lo que es noticia en este gran matador de toros, y luego la espada cayó en algún lugar que la poca luz del coso no dejaba ver y recogió otra ovación.

Roca Rey puso ganas, no quería irse de vacío pero los toros transmitían tan poco que no pudo poner lo que no tenían. Mientras le ayudaron en sus arreones, toreó con verdad, poniéndose en el sitio y tratando de cargar la suerte. Dejó que los toros fueran por todos los tendidos y casi parecía un rejoneador dejando cada serie dedicada a un tendido. En el octavo y, gracias a Dios, último, se le pidió la oreja tras jalear al público con pases mirando al tendido, pero ya era un poco tarde, estaba oscuro y lo visto era bastante. No tuvo su día.

La plaza se quedó pequeña para la corrida Monstruo que demostró algunas cosas. Sobre todo, el porqué Juli y Morante llenan las plazas pero también que ocho toros son muchos; que el público tiene sus propios gustos y unos días van en bicicleta y otros días huelen bien; que en el s. XXI hay menos hambre que cuando se hizo la plaza y que los cuerpos serranos de hoy no caben en las localidades dibujadas en el cemento del coso conquense; que por la noche se necesita luz; que las escaleras no están para una prisas y que la gente disfruta cuando ve torear.

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Fuente: Voces de Cuenca.