La noche es joven
La llegada del verano y el regreso de muchos jóvenes a Motilla del Palancar inspiran este nuevo artículo de opinión de Pablo Lluva Cuenca, centrado en el papel que desempeña la juventud en la vida social del municipio.
A través de una reflexión personal, el autor reivindica el valor del pueblo como lugar de encuentro, el reencuentro con las raíces y la importancia de los espacios de convivencia que convierten el verano en una de las épocas más especiales del año.
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La noche es joven
Este fin de semana he estado en Murcia en la asamblea ejecutiva del CJE, rodeado de debates, ponencias y realidades juveniles de todos los rincones del país. Sin embargo, mi cabeza hizo clic en la carretera de vuelta. Conforme los kilómetros avanzaban y me iba acercando a la Manchuela, toda esa perspectiva nacional tomó forma en las calles de mi pueblo y las noches de verano.
Hay un instante preciso, en verano, en el que Motilla del Palancar cambia de ritmo. No es solo una cuestión de termómetro o de que los días estiren la luz hasta casi rozar la cena; es algo que se respira en el ambiente. La rutina del invierno que nos acompaña durante los meses de frío, se rompe de golpe. Y se rompe porque nosotros, los jóvenes, volvemos a reclamar el espacio que nos pertenece.
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Durante el año, la vida nos obliga a muchos a dispersarnos por estudios o trabajo, pero al llegar el verano, algo maravilloso sucede: el billete de vuelta a Motilla se convierte en un billete de regreso a nosotros mismos. Es el momento de aparcar los agobios del curso, de deshacer la maleta y de volver a los sitios de siempre. Aquí no hay que fingir nada; nos esperan los amigos de la infancia, las risas compartidas y esos códigos propios que solo los que nos hemos criado en estas calles somos capaces de entender.
Lo más bonito de este estallido de vida es cómo encaja con el paisaje humano de Motilla de toda la vida. El verano tiene la capacidad única de diluir las distancias entre generaciones. Mientras los mayores mantienen viva la sagrada tradición de sacar la silla a la puerta para charlar a la fresca, nosotros llenamos los bancos del Riato, los parques o las terrazas. Estamos compartiendo el mismo escenario nocturno, bajo el mismo cielo de la Manchuela. No somos mundos aislados; somos los nietos y los abuelos disfrutando cada uno a su manera, pero demostrando que el pueblo late al mismo compás, mezclando la calma de los que ya lo han vivido todo con las ganas de exprimir la noche de los que estamos empezando.
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Para nosotros, el verano no es una simple estación del año; es un momento de libertad. Son tres meses que vivimos con la intensidad de una obra de teatro que sabes que va a durar poco, pero en la que te entregas al máximo en cada escena. Las tardes interminables de piscina que se enganchan con la noche, las charlas que se alargan hasta que empieza a clarear y los planes improvisados en los que la única regla es no mirar el reloj. Es un paréntesis vital necesario antes de que la rutina de septiembre vuelva a llamar a la puerta.
A veces se habla de la juventud con cierto recelo, olvidando que somos nosotros los que llenamos las calles de vida y los que elegimos nuestro pueblo para ser felices. Una Motilla que ríe en verano es el recordatorio más hermoso de que nuestras raíces siguen sanas. Al fin y al cabo, en estas madrugadas de complicidad, estamos fabricando los recuerdos que nos mantendrán unidos a Motilla para toda la vida.
Pablo Lluva Cuenca
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