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Romper la rutina

Romper con la rutina y mirar el día a día desde otra perspectiva es el punto de partida de este artículo de opinión de Pablo Lluva Cuenca, que reflexiona sobre la vida en Motilla del Palancar tras una experiencia personal en Perú.

El texto aborda cuestiones como la participación en la vida cultural del municipio, la importancia de la convivencia en los espacios públicos y la necesidad de valorar aspectos cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos.

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Romper la rutina

Volver de un viaje siempre sirve para mirar con otros ojos el lugar en el que vivimos. Después de pasar unas semanas en Perú, volví a Motilla con una sensación extraña: por un lado, orgulloso de muchas cosas de mi pueblo; por otro, consciente de que quizá nos hemos acostumbrado a las comodidades que tenemos.

En Perú descubrí una forma de vivir más sencilla, pero también más intensa. Allí la gente tiene menos recursos materiales, eso es evidente. Hay barrios donde las carreteras están sin asfaltar y muchas familias viven con dificultades que aquí nos costaría imaginar.

En Motilla del Palancar tenemos calidad de vida, tranquilidad y servicios que a veces no valoramos lo suficiente. Quizá lo único que a veces se echa en falta es más movimiento cultural o más iniciativas diferentes que animen todavía más la vida del pueblo.

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Una de las cosas que más me impresionó de Perú fue precisamente la vida que tienen sus calles. Siempre estaba pasando algo: una banda tocando en una plaza, estudiantes bailando en mitad de una avenida o un desfile. Había ambiente a cualquier hora y una sensación constante de alegría colectiva. La calle no era solo un lugar de paso, sino un espacio para convivir. En Motilla, aunque tenemos nuestras fiestas y tradiciones, muchas veces tenemos la sensación de que el día a día se basa en la rutina del trabajo o de los estudios. Quizá deberíamos recuperar un poco más esa costumbre de llenar las calles de vida y de actividades.

Permítanme hacer una crítica a una situación que existe en nuestro pueblo. Muchas veces escuchamos quejas sobre la poca vida cultural que hay, pero a la hora de realizar alguna actividad, esos mismos no asisten. Motilla es un pueblo al que le cuesta participar, pero a la vez se queja de que no hay nada en lo que participar. Para los organizadores, y hablo de primera mano, nos frustra que no haya más asistencia a los actos. Es la pescadilla que se muerde la cola. El que hace una actividad se desanima y no hace más, el público no asiste, y así ad infinitum.

Eso no significa idealizar Perú ni criticar constantemente España. Sería injusto. En Motilla tenemos seguridad, sanidad, estabilidad y una tranquilidad que muchos peruanos desearían. Aquí uno puede caminar de noche sin miedo, acceder a servicios públicos con facilidad y vivir con una comodidad enorme comparada con muchas zonas de Latinoamérica. Pero viajar sirve precisamente para eso: para entender que el bienestar no depende solo del dinero o de las infraestructuras.

Si algo me he traído de Perú es la sensación de que la felicidad muchas veces está más relacionada con las personas que con las cosas. Y también la idea de que en pueblos como Motilla del Palancar todavía estamos a tiempo de recuperar esa vida cultural, ayudándonos los unos a los otros.

Porque sí, Motilla tiene mucho bueno. Tiene historia, tiene identidad y tiene gente trabajadora. Pero quizá necesitamos mirar un poco más allá de nuestro entorno y aprender que otros lugares, incluso con menos recursos, pueden enseñarnos muchísimo sobre humanidad, alegría y forma de entender la vida.
 

Pablo Lluva Cuenca

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