Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar
Hay cosas que no sabes cuándo empiezan a significar algo, pero un día, sin darte cuenta, te das cuenta de que siempre han estado ahí.
Las golondrinas son una de ellas.
Vuelven cada año, casi sin avisar, entre finales de marzo y abril, después de haber pasado el invierno en África, cruzando medio mundo para regresar justo aquí, a nuestros pueblos, a nuestros tejados, a nuestros balcones. Nadie les enseña el camino, pero lo encuentran. Y lo más curioso es que muchas vuelven exactamente al mismo sitio, al mismo nido, como si también ellas guardaran memoria.
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En lugares como Motilla, su llegada no es solo un hecho natural. Es una sensación. Es ese momento en el que levantas la vista y las ves cruzar el cielo a toda velocidad, con ese sonido tan suyo, tan reconocible, y entiendes que el invierno ya ha pasado, aunque el calendario diga otra cosa.

Vienen porque aquí tienen todo lo que necesitan. Temperaturas suaves, insectos en abundancia y lugares perfectos para criar. Por eso las vemos siempre en los mismos rincones: en los aleros de las casas, en los porches, en los balcones… y especialmente en las iglesias. Allí encuentran altura, refugio, tranquilidad. Son espacios protegidos del viento y de los depredadores, y las estructuras les permiten fijar sus nidos de barro con una precisión que, si te paras a mirarla, resulta casi imposible de creer.
Y entonces empieza ese trajín constante. Ir y venir. Barro en el pico. Vuelos rápidos. Un trabajo silencioso que llena de vida los rincones donde anidan. En pocas semanas, esos nidos se convierten en pequeños mundos donde todo ocurre deprisa.
Quizá de niños no pensábamos en nada de esto. Solo las mirábamos. Seguíamos sus giros imposibles en el aire, sus carreras contra el viento, sus vuelos bajos al atardecer. Eran parte del paisaje, como el sol cayendo o el ruido de la gente en la calle.
Pero ahora, con los años, es diferente.
Porque ya no vemos solo golondrinas.

Vemos recuerdos.
Vuelven ellas, sí. Pero también vuelven las mañanas de verano, salir a la calle temprano con el fresco todavía en el aire, pasar por el horno y oler a esa torta que sabía a gloria. Vuelven las tardes largas, sin prisa, sin reloj. Vuelven los recuerdos de las voces de la abuela para acudir a cenar, y los ya voy, como si ese momento pudiera estirarse para siempre.
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Y de repente entiendes que todo eso estaba conectado.
Que las golondrinas no eran solo un detalle más. Eran el hilo invisible que unía todos esos momentos.
Mientras ellas están, todo parece seguir en su sitio.
Pero el verano pasa. Siempre pasa. Y cuando llega septiembre, empiezas a verlas agrupadas en los cables, en los tejados, como si estuvieran tomando una decisión. Y lo están. Se preparan para irse. Para volver a cruzar miles de kilómetros, de regreso a África.
Y un día, simplemente, ya no están.
El cielo se queda en silencio otra vez.
Aunque hay algo que no cambia. Su regreso no es casual. Forma parte de un ciclo perfecto que, además, tiene un impacto real en nuestras vidas. Cada golondrina puede llegar a consumir cientos de insectos al día, ayudando a controlar mosquitos y otros pequeños animales que hacen más incómodo el verano. Son, sin que lo notemos, una parte fundamental del equilibrio natural que nos rodea.
Pero incluso sabiendo todo eso, lo importante no está ahí.
Lo importante es que vuelven.
Que siguen viniendo.
Que, pase lo que pase, siguen encontrando el camino de vuelta.
Y quizá por eso nos emocionan.
Porque en el fondo, no va solo de las golondrinas. Va de Motilla, de los veranos, de cuando todo era más sencillo y no éramos tan conscientes de que esos momentos se iban a convertir en recuerdos. Va de esa sensación de pertenecer a un lugar y a un tiempo que ya no es exactamente el mismo, pero que sigue vivo de alguna forma.

Y lo bonito es que ellas no cambian.
Van, vienen… y nos dan la oportunidad de volver a sentir lo mismo, aunque sea por un instante.
Como si, durante unos segundos, todo encajara otra vez.
Como si el tiempo, por un momento, decidiera esperar.
Porque sí, como escribió Gustavo Adolfo Bécquer, volverán.
Y cuando lo hagan, quizá sin darnos cuenta, volveremos nosotros también un poco con ellas.
Por eso, cuando las veas llegar, cuando escuches su canto o descubras un nido en tu balcón, en tu porche o en cualquier rincón del pueblo, párate un segundo.
Déjalas estar.
Cuida de ellas… y cuéntaselo a tus peques.
Porque cuidar de las golondrinas y de sus nidos es, en el fondo, cuidar también de todo eso que representan. De nuestros veranos, de nuestros recuerdos… y de esa parte de nosotros que, aunque pase el tiempo, sigue queriendo volver.
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